Toda mujer sueña desde pequeña con el día de su boda, y yo no iba a ser menos.
Me imagino en el gran día, el pelo semirecogido, vestida con un traje totalmente blanco, de palabra de honor y muy muy largo con volantes que salen desde encima de la rodilla, acompañado con unos zapatos de un color vistoso, llevando algo azul y, por supuesto, algo viejo que sin duda seria una joya de mucho valor para la familia. Y entonces estoy ahí, a las puerta de la iglesia donde se casaron mis abuelos, mis padres y ahora yo. Acompañada por el hombre que mas me querrá en toda mi vida, recordando a aquellos que no están en cuerpo, pero si en alma. Pisando por un suelo lleno de pétalos, y dejando a mi pasar a mis amigos, mis mejores amigas, mi familia y algunos conocidos que nunca me imaginaron así.. todos detrás de una fila de pequeñas florecillas que unen esos bancos oscuros por el paso de los años. Caminando firmemente al compás de esa canción que elegí hace tanto tiempo y llevando en mis manos un precioso ramo de flores blancas. También veo a un hombre al final del camino, alto, medianamente fuerte y con un traje negro con cobarta, no pajarita. Tiene las uñas muy cortas y las manos venosas, sin parar de moverlas por los nervios, hasta que por fin coge mi mano e introduce en mi dedo anular una sortija de oro blanco, con un diamante de 3 quilates..sin embargo no puedo verle la cara, su rostro quedará oculto hasta el día que llegue el momento. Quizás porque todavía queda mucho para ese día y pueden pasar un millón de cosas o quizás por que la persona que deseo que ocupe ese lugar, no lo merece.

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