Él no tenia prisa y respondía al tacto de mis manos y mis labios con suaves gemidos que me guiaban. Le acaricié y besé cada centímetro de su piel como si quisiera memorizarlo de por vida. Luego, me hizo tenderme sobre el lecho y cubrió mi cuerpo con el suyo hasta que sentí que cada poro me quemaba. Posé mis manos en su espalda y recorrí aquella linea milagrosa que marcaba su columna mientras su mirada impenetrable me observaba a apenas unos centímetros de mi rostro.

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